OBERTURA CARABANCHEL 2023

Festival de arte contemporáneo en Carabanchel, Madrid

24 – 26 de noviembre de 2023

Ad Reinhardt dijo una vez que “mirar no es tan fácil como parece”. Si hubiese contemplado el proyecto Tierra de nadie de Belén Lei Lei, sin duda alguna se habría reafirmado en su elocuente reflexión.

Tierra de nadie es un enigmático puzzle compuesto por nueve inquietantes espacios liminales, ambiguos y sin identidad propia, y no obstante familiares, cuya única finalidad es ser un espacio de tránsito. Estos espacios vacíos que estamos acostumbrados a contemplar llenos de gente, dan sensación de estar abandonados, y aparentemente parecen estar en calma. No obstante, generan una sensación de desasosiego. A este fenómeno se le conoce como kenopsia, y representa un contrapunto a la vertiginosa era de la globalización en la que estamos inmersos en la que las líneas que separan los productos y costumbres de occidente y oriente son cada vez más imperceptibles, hasta el punto de homogeneizarse y universalizarse. Sin embargo, si observamos detenidamente este rompecabezas, descubriremos que también puede ser un diorama criminalístico en el que los hilos y las chinchetas que conectan las pistas, son sutiles señales de actividad humana que pretenden conectar al espectador con una presencia humana, común en este tipo de espacios. El resultado es la obtención de un nuevo significado a través de un ejercicio memorístico que nace de nuestra percepción subjetiva.

Pero no es sólo el contexto lo que inquieta y estimula nuestra contemplación. La perspectiva y la paleta de color escogidas por la artista, nos sumergen en un universo distópico, digno de grandes entregas cinematográficas. Por citar algunos ejemplos, la atmosfera de neón futurista de Ridley Scott en Blade Runner, el inquietante y solitario vagón que ve nacer al Joker de Todd Phillips, o la angustiosa y milimétrica perspectiva de la que Stanley Kubrick hizo su sello personal.

¿Cómo detener el tiempo en un espacio inmutable? ¿Cómo aislarse de una era en la que todo sucede rápido, sin poder escapar, paradójicamente, de una constante inquietud? Aquí no hallarán respuestas. Aquí sólo se encontrarán, una vez más en tierra de nadie.

Las obras de Klandestino que aquí mostramos, son una cuidada síntesis de su microcosmos artístico.
En un extremo, la serie Hermanas nos muestra cuatro retratos de perfil, emulando a la retratística del Renacimiento, en los que las líneas y los motivos geométricos se entrelazan con los rostros aparentemente andróginos y ciertamente impersonales. Dos de ellos siguen una línea cromática y estética fría, como si de dos elementos mecánicos se tratase, mientras que las otras dos figuras son representadas con unas facciones más humanizadas. Vemos en estas últimas, referencias al arte africano, como la máscara de una o los rasgos nubios de la otra. La profundidad lograda a través de la superposición de los elementos figurativos y los motivos geométricos, son otra de las inquietudes que refleja en la mayoría de sus obras Klandestino, quien gusta de experimentar con la profundidad y los materiales hasta hacer coincidir concepto y forma.

En el otro extremo, su obra Menina se enmarca en las obras con las que reflexiona sobre el KAOS, a partir de la teoría kantiana del conocimiento, entendiéndose como un fenómeno que nos viene dado, siendo nosotros los responsables de ordenarlo a través de nuestros sentidos. Es precisamente en esa afirmación en la que nace la mentira, ya que cualquier concepto, incluido el arte, es completamente subjetivo, y alcanza su orden en función de la percepción individual. En el caso de Menina, pertenecería a la serie El Imperio del Caos, como una pieza del engranaje al que las grandes firmas y su maquinaria promocional invasiva establece su control sobre la población a través de unas pautas de consumo, que hacen al individuo vulnerable entre la multitud, sumiéndole en un caos interno perpetuado por ese sistema.

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